Cactus

En 1975, se descubrió en Baja California, México, una subespecie del cactus Echinocereus ferrerianus, llamada lindsayi.

Esta pequeña planta verde y redondita, de unos 10 centímetros de alto, desarrolla unas pocas flores purpúreas casi igual de grandes, que destacan entre las prominentes espinas blancas.

No es una planta elegante como un rosal o delicada como una hortensia. La belleza de este cactus conocido como alicoche de jaraguay es rústica y exótica, una combinación letal para su propia supervivencia.

Y es que tan sólo 15 años después de ser descubierta, la especie fue declarada extinta.

Su historia es uno de incontables ejemplos que demuestran la avaricia de algunos coleccionistas de este tipo de plantas y el devastador efecto del tráfico ilegal de cactus.

El 31% de las 1.480 especies de cactus están amenazadas de extinción, según un estudio publicado en octubre en la revista Nature Plants. Esto las convierte en uno de los grupos taxonómicos en mayor peligro, incluso por encima de los mamíferos y las aves.

“No esperábamos que los cactus estuvieran tan amenazados y que el comercio ilegal fuera un impulsor tan importante de su declive”, dijo Barbara Goettsch, autora principal del estudio, tras su publicación.

Los países en los que hay mayor tráfico ilegal de cactus son Estados Unidos y México, donde unas 600 especies son nativas y unas 400 endémicas, es decir que no nacen en ningún otro lugar del mundo.

El valor de lo raro

Las cactáceas, nombre científico de la familia botánica popularmente llamada “cactus”, sólo habitan en los ecosistemas áridos de América. La única excepción es la especie Rhipsalis baccifera, que crece en estado silvestre en el sur de África.

“La vasta mayoría de las especies altamente buscadas se encuentran entre Estados Unidos y México”, explicó a BBC Mundo Edward Grace, del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE.UU. (FWS, por sus siglas en inglés).

“Dado que estas plantas se encuentran en una localización geográfica limitada, se han convertido en tesoros preciados para entusiastas y coleccionistas tanto domésticos como extranjeros”, agregó.

El precio de un cactus es muy variable, pero básicamente su valor en el mercado negro crece junto con su escasez y aspecto único. Además, una planta adulta es más cara que una joven, que un fruto o semilla, y aquellas tomadas de la naturaleza son todavía más codiciadas por no ser “artificiales”.

“Funciona como cualquier objeto coleccionable, como una moneda o estampita”, dijo Héctor M. Hernández, investigador del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México.

El caso de la Mammillaria luethyi, comúnmente llamada biznaguita, ayuda a entender la lógica de este mercado.

Cuando se la descubrió en 1996, los coleccionistas pagaban más de US$1.000 por una planta pequeña. Se trataba de una especie nueva, endémica de un sólo lugar (Coahuila, en México), de la cual habían menos de 200 ejemplares.

Sin embargo, hoy en día se consigue en cualquier mercado de Ciudad de México por menos de US$10. ¿Qué pasó? La ley de la oferta y la demanda, explicó Hernández.

En 2006 científicos encontraron otro sitio donde había miles de biznaguitas. Por ende, la planta dejó de ser novedosa y rara, y su precio en el mercado negro se desplomó.

Un negocio a pesar de los riesgos

Todas las cactáceas están protegidas por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), acuerdo al cual se han adherido más de 180 países entre los cuales están EE.UU. y México.

En ambos países hay leyes que protegen a estas plantas. Su tráfico está penado con multas económicas y prisión.

Pese a ello, “algunos ladrones de cactus van a arrancar plantas de su hábitat porque, como pasa con los huesos de tigre y cuernos de rinoceronte, alguien va a pagar mucho dinero por ello”, escribió el periodista J. Weston Phippen de la revista The Atlantic.

En un artículo publicado en febrero, Weston Phippen contaba cómo el FWS, con la ayuda de funcionarios locales, desbarataron una organización rusa de contrabando de cactus que operaba en el suroeste de EE.UU y México, pero también en Argentina, Chile y Uruguay.

Scott Schade, investigador del Departamento de Agricultura de Arizona, dijo a BBC Mundo que todos los días reciben denuncias de contrabando de cactus y que en este momento trabajan en cinco casos importantes. Y ese es sólo uno de los estados con estas plantas en EE.UU.

Según las autoridades estadounidenses, no hay una tendencia entre los traficantes: a veces se enfrentan con individuos, a veces con grupos organizados.

Un ejemplo de un grupo de contrabandistas fue registrado en octubre, cuando agentes de China y Alemania detuvieron a nueve personas e incautaron 1.250 plantas provenientes de EE.UU. y México, varias de ellas en peligro de extinción.

Por otra parte, un caso que tuvo notoriedad en 2013 fue el de Kenneth Brian Cobb, de 46 años, quien fue sentenciado a 5 años de libertad condicional y una multa de US$32.000 por robar ocho saguaros (Carnegiea gigantea) de tierras federales. El hombre los vendió a US$2.000 cada uno y dos de ellos fueron ilegalmente exportados a Austria.

Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Estos cactus de hasta 18 metros de alto que son un símbolo de los desiertos del Oeste estadounidense crecen muy lentamente.

En una década pueden apenas alcanzar 3 centímetros de altura y en general desarrollan sus famosos brazos a partir de los 75 años de vida.,

“Las personas pueden hacer cientos si no miles de dólares vendiendo cactus, si son de una especie que está en alta demanda y no es nativa de ese país”, explicó Edward Grace, del FWS.

Por su parte, Kimberlie McCue, directora del programa de conservación de especies y hábitats amenazados del Jardín Botánico del Desierto de EE.UU., dijo a BBC Mundo que “el hecho de que haya individuos dispuestos a viajar internacionalmente y recolectar plantas para el mercado negro arriesgándose a ser arrestados ilustra la cantidad de dinero inherente a este ‘negocio'”.

“No hay que perder de vista que para algunos coleccionistas realmente fanáticos, el dinero es inmaterial”.

Los máximos contribuyentes al comercio ilegal de cactáceas son los coleccionistas europeos y asiáticos, según detalla el estudio publicado en Nature Plants.

Grace señaló en particular a Alemania, China, Bélgica, República Checa, Rusia, Inglaterra y Polonia.

Para terminar con el tráfico

Las autoridades de EE.UU. han tomado distintas medidas en los últimos años para terminar con el tráfico de cactus, explicó Edward Grace. Las mismas van desde educar a la población y fuerzas policiales hasta colocar chips a las plantas.

El FWS incluso “ha enviado agentes especiales como agregados nacionales a otros países para identificar, coordinar e investigar las organizaciones que lucran con el tráfico ilegal de animales y plantas silvestres”, contó Grace.

Perú es el único país de América Latina donde opera uno de estos agentes especiales.

No es para menos: la recolección ilegal del otrora abundante Echinopsis pampana, endémico del país, redujo su población a menos del 50% en los últimos 15 años. Hoy su pérdida es irreversible.

Los botánicos, por su parte, adoptaron una medida opuesta a la rigurosidad científica, pero acorde con las urgencias ecológicas: jamás revelar la ubicación de los cactus que van descubriendo.

De hecho, en 1997 se redescubrieron ejemplares silvestres del alicoche de jaraguay que en 1990 se creyó extinto. Eran pocas poblaciones en lugares poco accesibles, pero allí estaban. Hasta hoy en día sólo unos pocos saben dónde es “allí”.

Información: Ana Pais, BBC Mundo, El millonario negocio del tráfico ilegal de los cactus más codiciados, 10 mayo 2016.

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